En un agro que incorpora sensores, riego tecnificado y automatización, la competitividad ya no depende solo de maquinaria o inversión. Depende de las personas. Desde hace 50 años, SNA Educa impulsa un modelo que vincula educación técnico-profesional, sector productivo y territorio, contribuyendo a que miles de jóvenes encuentren oportunidades en sus propias comunidades y fortaleciendo el desarrollo agrícola del país.

En un predio agrícola del sur, un estudiante revisa datos de humedad en su teléfono antes de decidir el riego. En el norte, otro ajusta parámetros de un sistema automatizado en un invernadero. La escena se repite con variaciones a lo largo del país. El campo chileno ya no es solo intuición y experiencia heredada; hoy conviven tradición, ciencia y tecnología.

La agricultura atraviesa una transformación profunda. La mecanización avanzada, la digitalización de procesos y las exigencias ambientales han elevado los estándares productivos. Cada mejora tecnológica exige también nuevas competencias.

Para Antonio Walker, presidente de la Sociedad Nacional de Agricultura, el sector vive un momento decisivo. “La agricultura requiere mucha innovación, tecnología y digitalización. Los jóvenes están mejor preparados que las generaciones anteriores para aportar en ese campo”, afirma.

Walker observa que el campo se ha vuelto más atractivo precisamente por esa incorporación tecnológica.

“Necesitamos jóvenes que manejen drones, sensores, mecanización y robotización, pero entendiendo cómo funciona la producción de alimentos en el campo”, agrega. La técnica, en su mirada, no puede desvincularse del territorio ni del conocimiento del entorno natural.

La discusión adquiere mayor profundidad cuando se mira desde las regiones. En muchas comunas rurales, la migración juvenil reduce el dinamismo productivo y social. Formar talento en el propio territorio permite fortalecer comunidades y proyectar oportunidades donde históricamente han sido más escasas.

Walker destaca la experiencia de establecimientos insertos en entornos productivos reales y acompañados por consejos empresariales. “Esa alianza entre academia y mundo privado permite una educación mucho más completa para los jóvenes”, sostiene. La experiencia práctica, que implica estar en el campo, observar el crecimiento de un cultivo y entender los tiempos productivos, complementa la formación técnica y refuerza el vínculo con el territorio.

APRENDER HACIENDO: UN MODELO CON IDENTIDAD TERRITORIAL

En este escenario se inserta el trabajo de SNA Educa, red que cumple cinco décadas formando jóvenes en distintas regiones del país. Con 20 establecimientos desde Tarapacá hasta Aysén, más de 13 mil estudiantes y cerca de 48 mil egresados, la institución ha construido una propuesta educativa anclada en el territorio.

Para Marta Estruch, Gerente General de SNA Educa, el vínculo con el mundo agrícola define la forma en que la red entiende la educación. “El diálogo permanente con empresas y productores nos permite anticipar cambios tecnológicos y ajustar nuestros procesos formativos. Eso hace que la educación esté conectada con el entorno productivo de cada territorio”, explica.

La propuesta combina especialidades técnicas con una base humanista científica y un énfasis en habilidades personales y de emprendimiento. El sello de aprender haciendo se traduce en talleres especializados, laboratorios, prácticas profesionales y programas de alternancia. Cada año, más de 1.500 estudiantes participan en alternancia formativa y cientos realizan pasantías técnicas en empresas.

Esa interacción genera resultados visibles. “Hoy tenemos un 87% de ocupación de egresados y un 90% de satisfacción de empleadores. Eso demuestra que nuestros jóvenes egresan con herramientas concretas para integrarse al mundo del trabajo, continuar estudios o emprender”, señala Estruch.

En distintos territorios, los egresados han impulsado proyectos productivos propios o se han incorporado a empresas locales. La formación técnica se transforma así en una puerta de entrada a la movilidad social y al fortalecimiento del tejido económico regional.

Desde una mirada más amplia, Pilar Alonso, Directora Ejecutiva de Grupo Educar, advierte que el país aún enfrenta desafíos en educación técnicoprofesional. “Persisten dificultades de articulación entre niveles formativos y desajustes con el mundo productivo. Además, todavía no logramos valorar socialmente la educación técnicoprofesional como corresponde”, señala.

Alonso subraya que la participación del sector privado resulta clave para acortar esas brechas. La actualización de programas y la oferta de espacios reales de aprendizaje permiten que la formación técnica responda efectivamente a las necesidades productivas de cada región.

TRAYECTORIAS QUE PROYECTAN FUTURO

La experiencia formativa no termina en la enseñanza media. La continuidad educativa amplía las oportunidades y permite profundizar competencias en un entorno productivo en constante cambio.

Para Lucas Palacios, rector de INACAP, la educación constituye una herramienta central para el desarrollo del país. Chile ha avanzado en cobertura y hoy cerca de la mitad de la matrícula de educación superior corresponde a instituciones técnico-profesionales.

El desafío actual se relaciona con la pertinencia y la capacidad de adaptación. “La oferta formativa debe mantenerse en sintonía con los cambios tecnológicos y productivos. Esto implica actualización permanente y aprendizaje a lo largo de la vida”, sostiene.

En sectores como la agroindustria, esa articulación impacta directamente en el territorio. “Cuando la formación está conectada con las necesidades productivas de cada región, se genera movilidad social, productividad y empleo local”, señala Palacios. La educación técnica superior fortalece así los ecosistemas productivos regionales y amplía las trayectorias posibles para los jóvenes.

EDUCACIÓN Y DESARROLLO TERRITORIAL

A lo largo de cinco décadas, SNA Educa ha sostenido una relación permanente con el entorno productivo de cada territorio donde están insertos sus establecimientos. Esa vinculación se expresa en instancias formales de colaboración, en la participación de actores del sector agrícola en la vida escolar y en la actualización constante de especialidades.

Para Marta Estruch, ese trabajo conjunto tiene el propósito de “formar jóvenes con herramientas técnicas, pero también con capacidad de adaptarse, trabajar en equipo y entender su entorno productivo”. La formación técnico-profesional, sostiene, debe preparar a los estudiantes para un sector que cambia con rapidez y exige competencias actualizadas.

Desde el mundo agrícola, Antonio Walker enfatiza que el compromiso con la educación responde a una necesidad concreta del país. “La agricultura necesita jóvenes preparados, con experiencia práctica y con ganas de desarrollarse en sus propios territorios”, afirma. En esa línea, sostiene que “si queremos un agro moderno y competitivo, tenemos que involucrarnos en la formación de quienes van a liderarlo”.

En esa convergencia entre formación, sector productivo y territorio se proyecta el desafío de las próximas décadas. La modernización del campo chileno no se juega solo en tecnología o infraestructura, sino también en la preparación de quienes harán posible su desarrollo.