Los temporales de julio y agosto dejaron caminos cortados, predios inundados y sistemas de riego dañados, pero también recuperaron reservas de agua después de años de sequía. Más allá del balance, los eventos vuelven a poner sobre la mesa una pregunta clave. ¿Están la infraestructura, la tecnología y los sistemas de alerta avanzando al mismo ritmo que un clima cada vez más extremo?

Los eventos meteorológicos de julio y agosto volvieron a poner a prueba la capacidad de respuesta del país. Solo durante los sistemas frontales de julio, 358 caminos resultaron afectados, 17 puentes quedaron inoperativos y 308 sistemas de agua potable rural debieron suspender sus servicios en nueve regiones, según el Ministerio de Obras Públicas.

En el agro, los efectos se sintieron especialmente en Atacama y Coquimbo. Crecidas e inundaciones alcanzaron predios, parrones y sistemas de riego, mientras los problemas de conectividad dificultaron el acceso a los campos y afectaron la infraestructura necesaria para mantener la actividad productiva.

La magnitud de las afectaciones llevó, además, al Ministerio de Agricultura a declarar emergencia agrícola en seis comunas de Atacama, toda la Región de Coquimbo y las provincias continentales de Valparaíso. Pero las mismas lluvias que provocaron daños dejaron también una situación hídrica considerablemente más favorable.

UN MISMO TEMPORAL, EFECTOS OPUESTOS

Al 24 de agosto, los embalses monitoreados por la Dirección General de Aguas acumulaban 6.654 millones de m³ de agua, un 26,9% más que a fines de agosto de 2025.

En Coquimbo, Recoleta, Cogotí, Culimo y Corrales alcanzaban el 100% de su capacidad y se encontraban vertiendo. En Valparaíso, el embalse Los Aromos llegaba al 95%.

Las precipitaciones también mejoraron el balance de varias estaciones de la macrozona norte y la nieve acumulada entre Coquimbo y Biobío se mantenía sobre los valores históricos.

Para Fernando Santibáñez, ingeniero agrónomo y Vicedecano de la Facultad de Ciencias Agronómicas de la Universidad de Chile, esta doble cara es propia de los fenómenos meteorológicos. “Esta disyuntiva del bien y el mal asociada a los fenómenos climáticos, no solo hace la diferencia entre zonas, sino que también entre especies e incluso entre fases del desarrollo de una misma especie”.

¿ESTAMOS REALMENTE PREPARADOS?

Los temporales dejaron en evidencia que la vulnerabilidad del agro no termina en la puerta del campo. Caminos, puentes, redes eléctricas, sistemas de agua, canales y obras de contención son parte de la infraestructura necesaria para producir.

“El cambio conductual del clima va más rápido que nuestra capacidad de adaptar la infraestructura”, advierte Santibáñez.

Parte de las obras que hoy sostienen la actividad productiva fueron diseñadas bajo condiciones climáticas diferentes. Por eso, explica Santibáñez, la adaptación requiere incorporar nuevos estándares y mayor “inteligencia climática” en caminos, puentes, obras de contención, redes eléctricas, localización de construcciones y sistemas de regulación hídrica.

También exige revisar dónde y cómo se construye, los niveles de seguridad de las obras y los riesgos que se incorporan en la planificación de largo plazo.

De la información a la anticipación Santibáñez advierte que la urgencia es cada vez mayor. “Hay abundante evidencia científica de que avanzamos hacia un clima más extremo que nos exige mayores niveles de seguridad; de lo contrario, cada año estaremos lamentando desastres”.

Anticiparse a heladas, lluvias, granizos u olas de calor requiere mejorar la gestión del agua, los calendarios de siembra y, a más largo plazo, orientar la elección de especies y variedades. “Necesitamos avanzar hacia una agricultura 2.0, basada en datos, ciencia y modelos que integren datos y procesos ecofisiológicos”, sostiene.

“Hoy disponemos de más información que nunca sobre el clima”, afirma Santibáñez. Modelos climáticos, estaciones terrestres, satélites, boyas y registros históricos permiten conocer mejor las dinámicas atmosféricas. La brecha está en transformar esos antecedentes en indicadores de riesgo que ayuden a tomar decisiones concretas en el campo.

La clave es que esa información llegue con tiempo suficiente para actuar. “Necesitamos proveer a la agricultura de buenos sistemas de alerta temprana. En la agricultura se requieren varios días para preparar una reacción frente a un evento climático”, explica Santibáñez.

Con un escenario que cambia según la estación, el territorio y la etapa de desarrollo de cada cultivo, prepararse implica pasar de reaccionar frente a una emergencia a anticipar sus posibles efectos. “La tarea es sacar el máximo partido de los recursos modernos de información que disponemos”, señala.


FORMAR PARA EL AGRO DEL FUTURO: TECNOLOGÍA E INTELIGENCIA ARTIFICIAL LLEGAN A LAS AULAS

Desde SNA Educa e INACAP explican cómo están incorporando estas herramientas y por qué el desafío no es solo enseñar a utilizarlas, sino formar profesionales capaces de poner la tecnología al servicio de mejores decisiones productivas.

La transformación tecnológica que está viviendo el agro no ocurre solamente en los campos. También está entrando a las salas de clases, talleres y espacios de formación donde se preparan quienes trabajarán en una actividad cada vez más digitalizada. Inteligencia artificial, sensores, drones, sistemas de monitoreo y análisis de datos comienzan a formar parte de un escenario en el que el conocimiento agrícola tradicional deberá convivir con nuevas capacidades tecnológicas.

El cambio ya se está produciendo en distintos niveles de la educación técnico-profesional. En los establecimientos de SNA Educa, por ejemplo, la incorporación de la inteligencia artificial ha comenzado de manera progresiva, principalmente como una herramienta de apoyo al aprendizaje, la enseñanza y la gestión educativa.

Según explica Marta Estruch, Gerente General de SNA Educa, actualmente se utilizan plataformas digitales y herramientas de IA generativa para elaborar y adaptar recursos pedagógicos, buscar y organizar información y apoyar la planificación de los docentes. Paralelamente, hace algunos años la institución inició el perfeccionamiento en inteligencia artificial de un grupo importante de profesores y asistentes de la educación, trabajo que continúa actualmente con grupos más pequeños y aplicaciones específicas.

“Estamos avanzando hacia una formación técnico-profesional que permita a los estudiantes conocer, experimentar y aplicar tecnologías que ya están transformando el sector productivo, especialmente en el ámbito agrícola”, señala Estruch.

APRENDER HACIENDO

Drones, sensores, sistemas de monitoreo y análisis de datos son algunas de las herramientas con las que los estudiantes comienzan a familiarizarse. La lógica detrás de su incorporación responde a uno de los pilares de la educación técnico-profesional: aprender haciendo.

Por eso, más que conocer una determinada tecnología, el foco está puesto en utilizarla en actividades prácticas, proyectos y experiencias asociadas a situaciones reales. Esto permite que los jóvenes comprendan qué información pueden obtener a través de estas herramientas y, sobre todo, cómo utilizarla para tomar mejores decisiones productivas.

La misma lógica está presente en la educación superior. Para Lucas Palacios, Rector de INACAP, la formación agrícola está evolucionando en dos dimensiones: por una parte, los estudiantes deberán entender qué es la inteligencia artificial, cuáles son sus alcances y limitaciones y cómo utilizarla; por otra, tendrán que ser capaces de aplicarla a problemas concretos del sector.

“Un técnico agrícola no solo deberá saber reconocer un problema en un cultivo, sino también interpretar la información que entregan sensores, imágenes o sistemas predictivos y convertir esos datos en una decisión productiva”, explica Palacios.

En INACAP, este proceso se está abordando tanto desde una formación transversal en inteligencia artificial como a través de la actualización de asignaturas de especialidad de la Ruta Agro, incorporando contenidos relacionados con agricultura inteligente, automatización de procesos, análisis de datos y tecnologías aplicadas a la producción.

EL DESAFÍO: INCORPORAR TECNOLOGÍA SIN PERDER EL OBJETIVO

En medio del rápido avance de la inteligencia artificial, el desafío para las instituciones educativas no es solo incorporar nuevas herramientas, sino asegurar que tengan un propósito formativo y productivo. “La IA debe ser una herramienta que fortalezca el juicio profesional, no que lo reemplace”, sostiene Palacios.

Desde INACAP, el énfasis está puesto en que los estudiantes comprendan primero el problema, trabajen con datos de calidad y desarrollen pensamiento crítico para luego determinar qué tecnología puede ayudarlos a resolverlo. “La tecnología deberá estar al servicio de los problemas reales del sector y contribuir a una agricultura más productiva, eficiente y sostenible, sin transformarse en un fin en sí misma”, agrega.

Para SNA Educa, a este desafío se suma el uso ético y responsable de la inteligencia artificial, considerando aspectos como privacidad, seguridad, sesgos y propiedad intelectual, además de mantener una estrecha vinculación con el mundo productivo.

“En definitiva, el desafío no es solamente incorporar más tecnología, sino lograr que esta contribuya efectivamente a mejorar los aprendizajes, fortalecer la formación técnico-profesional y preparar a nuestros estudiantes para un mundo laboral que está cambiando rápidamente”, concluye Estruch.